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Authors: Leonardo Sciascia

El consejo de egipto

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El Consejo de Egiptoes la historia de una impostura. En el siglo XVIII, en una alejada Palermo hasta la que también llegan los aires y las luces de la Razón, un orondo personaje, elabate Vella, va a poner en entredicho los más conservadores y arraigados cimientos de la sociedad siciliana. Para congraciarse con la Sacra Real Majestad de Nápoles, el clérigo, ávido de riquezas, finge traducir un códice de la época de la dominación árabe en Sicilia. Lo que está haciendo, sin embargo, es inventar, con talento de escritor y conocimientos de humanista,El Consejo de Egipto, documento que va a sembrar el terror entre los nobles al descubrir al mundo que los privilegios de la aristocracia carecen de legitimidad histórica. Como en tantas otras ocasiones, la anécdota de la formidable estafa servirá aLeonardo Sciasciapara llevar a cabo una irónica y siempre lúcida reflexión sobre la naturaleza y contradicciones de los hombres.

Leonardo Sciascia

El Consejo De Egipto

ePUB v1.0

Chachín11.03.12

Título original:Il Consiglio d'Egipto

1ª Edición en Colección Andanzas: marzo 1988

Tusquet Editores

Traducción: Ana Poljak, 1988

Portada: PATANETE

Nous la voyons en vérité, comme des Tuileries vous voyez le faubourg Saint Germain; le canal n'est, ma foi, guère plus large et pour le passer, cependant nous sommes en peine. Croiriez vous? S'il ne nous fallait que du vent, nous ferions comme Agamemnon: nous sacrifierions une fille. Dieu merci, nous en avons de reste. Mais pas une seule barque, et voilà l'embarras. Il nous en vient, dit on; tant que j'aurai cet espoir ne croyez pas, madame, que je tourne jamais un regard en arrière, vers les lieux où vous habitez, quoiqu'ils me plaisent fort. Je veux voir la patrie de Proserpine, et savoir un peu pourquoi le diable a pris femme en ce pays là.

Courier,Lettres de France et d'Italie

Primera parte1

El benedictino pasó un manojillo de plumas multicolores sobre el canto superior del libro; su carota redonda sopló, como la del dios de los vientos en las cartas marinas, para disipar el negro polvo. Abrió el libro con un estremecimiento que, dadas las circunstancias, parecía delicadeza o indecisión. La luz, que caía oblicua, desde la alta ventana, sobre el folio color arena, otorgó relieve a los caracteres: una cuadrilla grotesca, aplastada, seca, de hormigas negras. Su excelencia Abdallah Mohamed ben Olman se inclinó sobre esos signos. Su mirada habitualmente lánguida, aburrida, fatigada, había adquirido vida y agudeza. Un instante más tarde se erguía, para rebuscar con la mano derecha por debajo de la túnica. Extrajo una lente montada en oro, entre piedras verdes, que semejaba una flor o un fruto adherido a un sutil sarmiento.

—Un arroyo congelado —dijo, mostrándola. Sonreía; acababa de citar palabras de Ibn Hamdis, el poeta siciliano, en homenaje a sus huéspedes. Pero, a excepción de fray Giuseppe Vella, nadie allí sabía árabe y fray Giuseppe no estaba en condiciones de comprender la gentil significación que su excelencia había querido otorgar a la cita, ni tampoco de percatarse de que se trataba de una cita. Y así fue como tradujo el gesto, no las palabras:

—La lente, necesita la lente.

Esto ya lo había comprendido por sí mismo monseñor Airoldi, que esperaba, emocionado, la respuesta de su excelencia acerca de aquel códice.

Su excelencia había vuelto a inclinarse sobre el manuscrito. Movía la lente como si dibujara vacilantes elipses. Fray Giuseppe entreveía cómo aquella escritura brincaba dentro de la lente y, antes de que tuviese tiempo de interpretar siquiera un signo, lo veía caer una vez más, desflecado, sobre el folio carcomido.

Su excelencia volteó el folio. Se detuvo en un examen minucioso. Murmuró alguna palabra. Volteó otros folios, de prisa, recorriéndolos apenas con la lente; sobre el último, en el que refulgían diminutos gusanos de plata, se detuvo.

Luego de enderezarse, dio espaldas al códice: la mirada ya se le había apagado.

—Una vida del profeta —dijo—, nada sobre Sicilia. Una vida del profeta como muchas otras.

Fray Giuseppe Vella se volvió hacia monseñor Airoldi con la cara resplandeciente.

—Su excelencia dice que se trata de un precioso códice: no existen otros similares incluso en sus países. Aquí se narra la conquista de Sicilia, los hechos de los tiempos de la dominación...

Monseñor Airoldi enrojeció de alegría y pidió, con un balbuceo emocionado:

—Pregunta a su excelencia... Eso es, pregúntale si, en la forma, se asemeja a laCrónica de Cambridgeo alDe rebus siculis, digamos...

El capellán Vella no era hombre que se descorazonara frente a una pregunta tan vaga; estaba preparado para algo muy distinto. Giró para enfrentar a su excelencia:

—Monseñor se siente desilusionado al saber que este códice no toca asuntos sicilianos. Pero desea tener noticia de si otras vidas del profeta, similares a ésta, pueden hallarse en Cambridge o en otros lugares de Europa.

—En nuestras bibliotecas existen muchas. No sé si las habrá en Cambridge o en otros lugares de Europa... Me apena haber ocasionado esta desilusión a monseñor. Pero las cosas son tales como son.

«¡Ah, no! ¡Las cosas no son tales como son!», pensó fray Giuseppe y tradujo para el prelado:

—Su excelencia no conoce elDe rebus siculis, como es natural.

—Ya, es natural... —respondió monseñor, con aire confuso.

—Pero sabe de la existencia de laCrónica de Cambridge... Este códice es según dice él, algo distinto; se trata de una recopilación de cartas, de relaciones... Documentos de gobierno, en una palabra.

La idea de poner el embrollo en acción se le había ocurrido al capellán Vella tan pronto como monseñor Airoldi había propuesto el paseo hasta el monasterio de San Martino. Allí, había recordado monseñor, se guardaba un códice árabe, llevado a Palermo un siglo antes por don Martino La Farina, bibliotecario del Escorial. Y no se presentaría otra ocasión mejor para enterarse de cuál era el contenido de aquel manuscrito: un árabe que sabía de letras y de historia, un intérprete como Vella...

Abdallah Mohamed ben Olman, embajador de Marruecos en la corte de Nápoles, se encontraba en Palermo, en ese mes de diciembre de 1782. Una tempestad había hecho naufragar en las costas sicilianas el barco en el que se dirigía hacia su tierra marroquí. El virrey Caracciolo sabía muy bien cuánto interés alimentaba el gobierno de Nápoles por las relaciones con el piratesco mundo árabe. De modo que obró en ese sentido, con aparente cortesía: en cuanto tuvo noticias del desastre, envió sillas de mano y carrozas, acompañadas de adecuada escolta para que auxiliasen al embajador que se hallaba, desolado, sobre la playa, entre sus bultos y equipajes. Pero en el mismo instante en que el embajador marroquí arribó a palacio, el virrey advirtió que era imposible comunicarse con él: no sabía francés y tampoco hablaba napolitano. En forma providencial, alguien le sugirió que enviase por aquel capellán maltés que vagaba por la ciudad, siempre solo, siempre enfadado, sin que se supiese qué azar lo había arrojado a lafelizciudad Palermo.

Losvolantesenviados en busca de Vella escudriñaron toda la ciudad, puesto que en casa de la sobrina que lo hospedaba se podía hallarle en la noche o durante las horas de las comidas. El resto del día lo pasaba fuera, en general, ocupado en la doble profesión de capellán de la Orden de Malta y denumeristade la lotería. De esta última actividad obtenía lo superfluo, en tanto que la primera le brindaba lo necesario. Así pues, no las pasaba tan mal, sólo que aún no se hallaba en condiciones de liberarse de la hospitalidad de su sobrina. Hospitalidad espinosísima con media docena de niños que parecían salidos de la boca del infierno y un jefe de familia, marido de la sobrina y padre de aquellos niños, ocioso y borrachón.

Uno de losvolanteslogró encontrarlo, por fin. Estaba en la tienda de un carnicero, en la Albergaria y se hallaba empeñado en interpretarle un sueño bastante confuso. Porque, más quenumerista, el capellán era un intérprete de sueños: de los sueños que le relataban surgían los elementos que él reunía con una cierta coherencia narrativa y las imágenes que en la narración tenían mayor importancia, se convertían en números. Y no era empresa fácil reducir a cinco números los sueños de la gente de la Albergaria y del Capo, que eran los dos barrios a los que limitaba su actividad. Sueños aquellos sin fin, como las historias deIReali di Francia; sueños que se descomponían en un caos de imágenes, que fluían en mil arroyuelos sombríos. En el que el carnicero le estaba relatando, en el momento de la llegada delvolante, aparecían nada menos que un cerdo que reía, el virrey, una vecina, una comilona de cuscús y... Estos eran los elementos que el capellán había logrado extraer de aquel formidable sueño.

Vella escuchó el recado delvolantey le pareció de buen augurio que el llamado del virrey le llegara en instantes en que se encontraba a punto de adjudicar un número al virrey que había soñado el carnicero.

Alvolantele aseguró:

—Iré de inmediato —y se volvió hacia el carnicero—: ¿al virrey lo has soñado en forma pública o privada?

—¿Cómo? —preguntó el carnicero.

—Quiero decir si lo has visto con su corte, en la calle, o estaba solo.

—Lo he soñado frente a mí, él y yo solos.

—Virrey 11... Cuscús 31... El cerdo es el 4...

—Pero el cerdo reía —señaló el carnicero—, reía a carcajadas.

—¿Y lo veías reír o sólo le oías?

—Pues, ahora que lo pienso, me parece que cuando comenzó a reír he dejado de verlo.

—Entonces agregarás el 77... y el 45 por la vecina.

Hizo un gesto alvolantey se encaminó hacia la puerta.

—Padre —gritó el carnicero—, os habéis olvidado de aquello.

—Si de verdad quieres incluirlo, el 80 —respondió el capellán, ruborizado—. Pero los números han de ser cinco: tendrás que quitar el 80 o el 77.

—El 80, no —afirmó el carnicero.

El capellán se marchó, mandando al diablo a su cliente.

El virrey tenía los nervios excitados. El capellán no dispuso del tiempo necesario ni siquiera para inclinarse; de inmediato se halló casi en los brazos del embajador de Marruecos, empujado por el apremiante Caracciolo.

—No me digáis que no sabéis árabe —bromeó con tono ácido el virrey— u os enviaré a la Vicaría.

—A decir verdad, un poco de árabe, sé —respondió don Giuseppe.

—Magnífico... Llevad, pues, a pasear a este hombre; le daréis todo lo que os pida, le contentaréis en cada deseo, en cada capricho: mujeres de mala vida o damas de alta alcurnia.

—¡Excelencia! —había protestado fray Giuseppe mientras señalaba la cruz jerosolimitana que llevaba sobre el pecho.

—Habréis de quitárosla. Hasta podéis ir vos también con mujeres. Apuesto a que no os resultará una cosa nueva —había contestado el virrey, con la cara iluminada por una sonrisa maliciosa.

Unido a Vella como un ciego a su guía, a partir de aquel momento, el embajador no había pedido mujeres, por fortuna. A pesar de ello, su mirada lenta y viscosa se deslizaba como la miel sobre los escotes de las damas. En cambio, había requerido ver todo lo que de origen árabe existía en Palermo. A partir de esta exigencia, en la medida en que fray Giuseppe podía satisfacerla, dando unas veces en el sitio exacto o equivocándose otras, nacía el humor general de la jornada. Fue un hecho feliz que monseñor Airoldi, con su gran amor por la historia siciliana y por las cosas de origen árabe, interviniese para convertirse en guía del embajador, siempre con la mediación de fray Giuseppe como intérprete. Incluso monseñor había convertido el deber del capellán en una circunstancia placentera; lucrativa, por cierto, ya lo era desde el comienzo. Las noches transcurrían, dulces, entre hermosísimas mujeres, el delicioso encanto de las luces, sedas, espejos, músicas suaves y cantos melodiosos, sumados a las delicadezas culinarias y a la ilustre compañía.

Y el pensamiento de que todo aquello no podría durar más allá de la partida de Abdallah Mohamed ben Olman, comenzó a corroer a fray Giuseppe Vella. Volver a las cifras de su misérrima renta capellanicia, al inseguro provecho de los números, le parecía ahora una suerte amarga, un motivo de desesperación.

Así, por el ansia de no perder ciertas alegrías apenas degustadas, por la avaricia innata, por el oscuro desprecio hacia sus propios semejantes, apresando con premura la ocasión que la suerte le brindaba, sabiendo que corría grave riesgo, Giuseppe Vella se convirtió en el protagonista de la gran impostura.

2

El 12 de enero de 1783 Abdallah Mohamed ben Olman partió. Cuando la falúa zarpó, su estado de ánimo era muy similar al de su acompañante e intérprete: de liberación, de felicidad. Era verdad que el embajador parecía casi un sordomudo, pero fray Giuseppe había pasado jornadas inquietas, con el corazón en la boca, como se suele decir, temeroso de que un gesto de impaciencia, una elocuente actitud de disgusto o desilusión, revelase a monseñor Airoldi y a los demás que el intérprete no estaba por entero seguro de su árabe.

—Vete a tu propio diablo —murmuró fray Giuseppe mientras la falúa se fundía en la línea de cobre cálido del horizonte crepuscular. Y de pronto descubrió que había olvidado, o que jamás había sabido el nombre del embajador. Para la función a la que lo destinaba dentro de su planificada impostura, lo rebautizó Muhammed ben Osman Mahgia, y en ese mismo instante quiso comprobar la reacción de monseñor.

—Nuestro querido Muhammed ben Osman Mahgia —dijo.

—Querido de verdad —respondió monseñor Airoldi—. Es una gran pena que haya querido abandonarnos con tanta presteza: su consejo te hubiese sido precioso para el trabajo que tendrás que emprender.

—Mantendremos correspondencia.

—Oh, ya sabes cómo son las cosas... el ojo de un hombre como él a tu lado, su presencia... Hubieras podido cumplir con tu trabajo más aprisa y con mayor seguridad... Si de hecho Sicilia fuese reino, tal como lo es de nombre, hubiéramos arbitrado cada medio a nuestro alcance para tener en Palermo, como embajador, a nuestro... ¿cómo se llama?

—Muhammed ben Osman Mahgia.

—Eso es... Pero tú cumplirás tu tarea con acierto aun sin él, no me cabe duda... Y toma en cuenta los motivos de mi impaciencia, de mi pasión: siglos de historia, de civilización, desenterrados de entre las tinieblas en las que yacen, devueltos a la luz de la conciencia. Una obra magna, querido mío, una obra sin parangón, a la que quedarán ligados tu nombre y el mío modestísimo...

—Oh, excelencia —se defendió fray Giuseppe.

—Pues sí, será, sobre todo, mérito tuyo; por decirlo así, no soy más que tu empresario... A propósito: sé en qué condiciones vives en casa de tu sobrina, en un barrio ruidoso y en una casa sin comodidades... Mi secretario se ocupa en estos momentos de buscarte una casa adecuada para ti, para tu trabajo, que sea decente y tranquila...

—Estoy profundamente agradecido a vuestra excelencia.

—Y no permitiré que te falten otras muestras de mi buena voluntad, de mi interesada buena voluntad... Interesada, tenlo bien presente, interesada —subrayó con una sonrisa, mientras le tendía la mano para que se la besase. Monseñor Airoldi ocupó su litera dorada, con cierta fatiga y algún leve gemido. El palafrenero cerró la portezuela; por detrás del cristal, monseñor hizo una señal de saludo, de bendición.

Fray Giuseppe permaneció firme en su reverencia, con la mano sobre la cruz jerosolimitana, sobre el corazón, como si anhelara contener su ímpetu, el tempestuoso regocijo del riesgo, de la victoria.

Sumergido en sus pensamientos, se encaminó hacia su casa a través del populoso barrio de la Kalsa: las mujeres le señalaban con el dedo y los niños gritaban a sus espaldas.

—El cura que estaba con el turco, el cura del turco —puesto que como acompañante del marroquí se había vuelto popular.

Fray Giuseppe ni siquiera les oía. Alto, robusto, lento y solemne su paso, grave el rostro oliváceo, los ojos absortos, con la gran cruz de Jerusalén sobre el pecho, caminaba en medio de aquel polvillo humano. En tanto, en su mente, jugaban a los dados fechas y nombres; rodaban a través de la hégira, de la era cristiana, del oscuro e inmutable tiempo del polvillo humano de la Kalsa; se hacinaban para componer una cifra, un destino; otra vez se agitaban, martilleantes, dentro del pasado ciego. Fazello, Inveges, Caruso, laCrónica de Cambridge: los elementos de su juego, los dados de su azar.

«Sólo me hará falta algo de método —se decía—, sólo algo de atención.»

Sin embargo, no era capaz de impedir que sus sentimientos se exaltaran, que la misteriosa ala de la piedad desflorase la fría impostura, que la melancolía humana se elevara en medio de aquel polvo.

3

—Vuestra excelencia —decía el marqués de Geraci— ha tenido la suerte de hallar los códices árabes; pero yo me pregunto dónde irán a dar con sus huesos los estudiosos que, en el día de mañana, experimenten la inquietud de recoger la historia de la Santa Inquisición en Sicilia.

—Pues muy bien puede haber otros documentos en otras instituciones, en otros archivos —respondió con cierto embarazo monseñor Airoldi— además existen crónicas y diarios.

—Vuestra excelencia me ha hecho comprender que no se trata de una misma cosa: entregar a las llamas un archivo como aquel del Santo Tribunal constituye un daño enorme, irreparable... Habrá de transcurrir mucho tiempo hasta que se logre seguir el rastro de los documentos dispersos aquí y allá, hasta que se los reúna... ¡Y luego, los periódicos! A cualquiera se le ocurre una tontería y la estampa en un periódico, como el marqués de Villabianca, que recoge cada rumor. De aquí a cien años, su periódico se habrá convertido en un excelente motivo de risa.

—¿Y qué queréis hacer, querido marqués? Además, ya es cosa hecha: nuestro virrey ha querido colmar este capricho suyo.

—Un capricho depaglietta[1], ya que vuestra excelencia ha querido considerarlo un capricho.

—Ssshhh —pidió su excelencia, con el índice sobre los labios, haciendo una cruz.

—Yo me..., y vuestra excelencia me perdone, en él, en sus partidarios y en sus esbirros. Yo llamo al pan pan y al vino vino, y a aquello que vuestra excelencia llama capricho yo lo denomino delito. ¡Quemar los archivos de la Santa Inquisición! Quemar tres siglos así, como si nada. Tres siglos que requieren algo más que una hoguera para ser borrados. Un patrimonio, una riqueza que pertenecía a todos, y, en particular, a nosotros, a nuestra propia clase...

Deus, iudica causam tuam[2]—dijo, irónico, el abogado Di Blasi. Citaba el lema de la Inquisición que el virrey había hecho borrar de la fachada del palacio Steri.

El marqués lo envolvió con una mirada malévola. Con mayor fogosidad prosiguió Geraci:

—Y me pregunto cómo el arzobispo se ha dejado arrastrar al espectáculo de semejante mascarada.

—No ha sido una mascarada. El marqués Caracciolo ha querido darnos a todos la idea exacta, la exacta advertencia de que los tiempos están a punto de cambiar y de que con cierto pasado hay que hacer lo que con las cosas apestadas: una hoguera... —explicó Di Blasi.

—En cuanto a la intervención de su eminencia... ¿Qué queréis que os diga...? Los tiempos cambian, como bien dice el abogado —observó monseñor Airoldi.

—Un individuo llamado D'Alembert —intervino el príncipe de Cattolica— ha hecho publicar en elMercure de Franceuna carta que sobre este tema le ha escrito nuestropaglietta. Y hay para morirse con esa ridiculez... Figuraos que asegura que ha llorado cuando el secretario del gobierno leyó en público el decreto de abolición... ¿Vosotros le habéis visto llorar?

—Yo no estaba allí —respondió con desdén el marqués.

—Yo sí estuve presente —dijo Di Blasi— y os aseguro que el virrey se hallaba conmovido de verdad. También yo lo estaba.

—Pediré que me presten elMercure de France—exclamó el príncipe de Cattolica, mirando con desprecio a Di Blasi y dirigiéndose hacia el marqués Geraci— y os lo haré leer: cosa de risa, os aseguro, cosa de risa... —se alejó sonriente, pero casi de inmediato regresó para colgarse del brazo del marqués—. ¿Puedo deciros una palabra?

El marqués emitió un bufido de molestia e hizo girar su mirada, como si buscase algún auxilio. Luego lo siguió.

—El marqués tiene la lengua envenenada contra el virrey —explicó monseñor Airoldi a fray Giuseppe Vella que estaba a su lado—. Figúrate que ha recibido la advertencia de que no debe usar en adelante ciertos títulos: primer conde en Italia, primer señor de una y otra Sicilia, príncipe del Sacro Imperio Romano... ¿Y se puede vivir aún sin estos títulos?

Giovanni Meli, que parecía semiadormilado sobre una poltrona, se despertó con el picante airecillo de la maledicencia. Una expresión compasiva le cubrió la cara, como si de verdad participase de los agobios del príncipe de Cattolica, y exclamó:

—¡Oh, nuestro pobre príncipe! Obtiene de Nápoles seis meses de plazo para pagar a sus acreedores y, no señor, el virrey exige que pague de inmediato... ¡Qué tiempos! —Bajó los párpados para ocultar el brillo de burla que iluminaba sus ojos; luego los alzó y su mirada fingía inocencia—. Y no hay nada que decir de aquel pobre príncipe de Pietraperzia, que ahora está en Castellammare por nada, exactamente sin ninguna clase de motivos. Sólo le ha dado hospitalidad a algunos asesinos, el pobre príncipe... ¿Y cuándo, antes de ahora, por algo semejante, se ha enviado a prisión a un noble?

—Un caso inaudito —comentó don Vicenzo Di Pietro que, al pasar, había llegado a oír la última frase y se mostraba lleno de severa indignación.

—Los nobles: la sal de la tierra de Sicilia —suspiró Giovanni Meli.

—Bien podéis afirmarlo —sentenció don Gaspare Palermo.

—El privilegio, la libertad de Sicilia —abundó don Vincenzo en favor de la teoría.

—¿Qué libertad? —preguntó el abogado Di Blasi.

—Por cierto que no es aquella que vos exigís —respondió con tono seco don Gaspare.

—¡La igualdad! —se burló don Vincenzo y con la voz cambiada y un tono que caricaturizaba las inflexiones de un académico, dijo—:La desigualdad entre los hombres repugna a la razón suficiente...¡La razón suficiente!, ¡cosa de locos!

El abogado Di Blasi se mantuvo en calma. La alusión a un ensayo escrito por él y publicado cinco años atrás le resultaba hiriente: por el modo descortés y por el tono de burla. Además, porque no estimaba en demasía ya aquel escrito e incluso pensaba que tal vez había sido un error la publicación. Había sido un trabajo aproximativo, inadecuado, hasta ingenuo.

—Quizá vos consideráis mucho más convincente la disertación de don Antonino Pepi acerca de la desigualdad natural entre los hombres —observó con suave ironía.

—Si don Antonino Pepi ha escrito que los hombres no son iguales, estoy de acuerdo con él... Pero, para ser francos aquí, entre nosotros, yo con todos estos ensayos y con todas estas disertaciones me limpio el trasero.

—¡Y hacéis muy bien! —gritó Meli, con tan grande entusiasmo que don Vincenzo se sintió perplejo, incluso desconfiado. Porque detrás de ese entusiasmo, no podía menos que estar oculto algún aguijón, algún dardo envenenado: la gente que garrapatea papeles constituye una verdadera secta.

Por fortuna era ya la hora de organizar la mesa, es decir, la mesa de juego. Como un enjambre, todos se dirigían hacia las salas donde los sirvientes ya habían ordenado todo lo necesario. Don Gaspare y don Vincenzo se marcharon.

—Fray Rosario Gregorio —dijo Meli, para trasladar a otro tema su vocación de suscitar las reacciones del prójimo de un modo extemporáneo— está diciendo cosas que parecen de otro mundo; asegura que no sabéis una palabra de árabe, que el contenido del códice de San Martino lo estáis inventando por entero, con puntos y comas...

Se había dirigido a Vella, que dibujó un movimiento de sorpresa y luego, con frialdad, repuso:

—¿Y por qué no se le ocurre venir a decirme a mí mismo estas cosas? Me sería fácil persuadirle de que se engaña... Además, me sería muy necesaria la ayuda de él, sus conocimientos. En lugar de herirnos con la maledicencia, podríamos trabajar juntos, juntos entregarnos a esta obra que sólo Dios sabe cuántas fatigas me exige y cuántas angustias me provoca... —las últimas palabras se le quebraron, patéticas, lacrimosas.

—¿Veis la mansedumbre de nuestro capellán? —preguntó monseñor Airoldi a Meli—. Es un hombre de oro: lleno de paciencia y de humildad...

Vella se puso de pie. Con total perfección lograba dar a su cólera el aspecto de la virtud ofendida, del martirio que se soporta con entereza resignada.

—Si vuestra excelencia me lo permite, quisiera distraer un poco mi mente...

—Ve, ve —le exhortó monseñor, con premura.

Fray Giuseppe se dirigió hacia las salas en las que se había iniciado el juego: le resultaba muy agradable ver cómo corría el dinero, observar que de una carta, de un número, podía desprenderse el golpe de la suerte, analizar las distintas reacciones de aquellos gentilhombres, de aquellas damas. Por cierto que se consideraba poco delicado presenciar el juego sin tomar ninguna participación en él. Pero en el caso de un sacerdote, a quien sus haberes y las convenciones le impedían integrar una mesa de juego, se hacía excepción a la regla. Y fray Giuseppe pasaba de una mesa a otra, se detenía allí donde el juego se desarrollaba con mayor encarnizamiento. Particular emoción le producía uno de aquellos juegos: el bisbís, que pagaba al vencedor sesenta y cuatro veces la apuesta que hubiese hecho. Prohibidísimo, claro está, hecho que, para los jugadores, sumaba el sabor de desprecio por la intrusa, siempre intrusa, autoridad. Sobre una única carta, sobre un único número, muchas veces se desvanecía todo un feudo. Fray Giuseppe, que no carecía de imaginación, en aquella carta, en aquel número, veía aflorar, vívido, el mapa diminuto del feudo: la campiña verdadera, dura, concreta de los beneficios, sin idilio y sin arcadia. Y alguno de esos señores ya no tenía más derechos para apostar un feudo a sus cartas. Entonces ponía en juego el carruaje que le estaba aguardando en la cuadra o un camarero que poseía especial habilidad para peinar. Personas marcadas, personas destinadas a perder: la mala suerte, como una serpiente, reptaba en un primer momento de uno a otro jugador y, luego, se ensañaba con uno de esos señores durante toda la velada y no le abandonaba ni por un instante.

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